
De los mails que me envía Andrés extraídos del blog El Café de Ocata no me puedo resistir a hacer unas reflexiones que se dispararon leyendo esta crítica al constructivismo que enlazo aquí. Jorge, Andrés y Jochy andan muy filósofos últimamente. Yo no tanto, por eso no quiero comentar el post en sí, sino esa línea que se refiere a la obligatoriedad de leer a Cervantes para los estudiantes españoles, pretendiendo que la orientación de las lecturas es una necesidad en la consolidación de un sentimiento de pertenencia cultural, algo con lo que estoy en desacuerdo y que quería comentar un poquito.
Profesionales de las letras que redactan los programas de estudio, y que se conducen con la ingenuidad del que cree que la literatura sigue siendo en la actualidad la principal fuente de ideas de las personas, pretenden que controlando las lecturas de los niños y adolescentes se construye la nación. Yo sé que la escuela debe brindar a las personas la información a la que de otra manera no llegarían o se les haría muy difícil; pero me parece que en el caso de la literatura se olvidan de que es, en primer lugar, una actividad para las horas de ocio, y que las horas de ocio todos queremos ocuparlas en cosas que nos dan placer.
No me parece tan descabellado que nos preguntemos qué clase de libros nuestros alumnos quieren leer (o enterarnos directamente de que no quieren leer ninguno). De hecho me parece absurdo que en el 2010 en las escuelas existan programas de Literatura y no exista la materia de Cine. Soy de los que piensa que el Quijote debería salir de los planes de estudio de bachillerato de todos nuestros países, España incluido. No conozco muchos adolescentes de 17 años que están interesados en leer el Quijote, de hecho entre los mismos adultos pienso que el Quijote no es un libro para todo el mundo. Hay que aceptarlo. Como hay que aceptar en Cuba que ningún joven de 16 años se quiere leer Cecilia Valdés. Hay lecturas obligatorias que sólo consiguen que el alumno desarrolle aversión por los clásicos (o por la literatura en general) y que resuelva su problema copiando resúmenes de internet.
Recuerdo los títulos de libros como el cantar del Mio Cid, Generales y Doctores, la Biblia, y tantos otros que me negué rotundamente a leer. Al profe Fernando y a los libros de texto de Español le agradezco La Metamorfosis, el Corazón Delator, El llano en llamas, El Decamerón, y varios más; pero sé que así como yo desarrollé afición por la literatura, porque soy como soy, otros compañeros de clase la repudian, o por lo menos les aburre. Ya ven, nos hacía leer a Hemingway y a Carpentier; pero en honor a la verdad nunca los leí en clase. Son dos de mis autores preferidos, pero abrí sus libros cuando me dio la gana. Si el objetivo era informarnos de su existencia bastante que nos hicieron sufrir, porque yo no quería pero no quería leer El Siglo de las luces. No quería y no lo hice hasta que descubrí cuando me tocó saberlo que Carpentier después de todo sí que valía la pena leerlo.
La ingenuidad de los diseñadores de la identidad nacional mueve a risa. No se puede controlar la integración sentimental de una persona a la nación a la que pertenece. La nación merece o no a las personas, y en esa medida la querrán y conservarán su identidad o desearán con todas sus fuerzas largarse bien lejos y desprenderse de todo. Es normal. Han fracasado siempre y seguirán fracasando en intentar modelar, diseñar, algo tan poco moldeable como la cultura nacional. Y en el caso de los adolescentes, seguirán prefiriendo el cine americano al cine local, y el pop al folclore local, y al mismo tiempo preferirán las comidas típicas y los bailes populares.
Bukowsky, Jim Morrison, Polansky, Pink Floyd, Rimbaud, Almodóvar y otros tantos malos ejemplos han sido mucho más influyentes para mí y para en mi círculo de amistades que los personajes de los libros de texto, porque así lo quisimos. A ellos los buscábamos, nadie nos los recomendó. Y ya ven, al final no somos ningunos monstruos ni ningunos apátridas, de hecho creo que hasta somos muy buenas personas. El joven al final va a leer y a escuchar lo que se le antoje, y a elegir sus influencias, por más que pataleen sus padres y sus maestros. Más tarde o más temprano el alambre se rompe y el toro se escapa.
En la ciudad de León conocí a un angolano que vive acá en España pero que estudió su carrera en Granma. Era comiquísimo escucharle hablar como cubano, siendo de Angola y viviendo aquí. Diría que su acento cubano es incluso más perceptible que el mío. Nos conocimos en un cumpleaños, conocía Bayamo, Manzanillo, ciudades de Cuba a las que nunca he ido y sólo conozco por fotos. Podía identificar canciones de NG La Banda, ¡y hasta sabe quién es Rojitas! Y a la hora de irse se paró en la puerta y dijo: Arriba, tunturuntu, tol mundo pa la calle. Me partía de la risa, hace una pila años que no escuchaba un tunturuntu, que hasta en Cuba está en desuso. Curioso, este angolano y yo compartimos una cosa: nuestras cubanía. Y resulta al cabo que el enlace sentimental que quedará en mi recuerdo no se debe a ninguna extravagancia folclórica o literaria, sino simplemente al estribillo absurdo de una canción de moda en los noventa.