miércoles 9 de noviembre de 2011

Elegía de la postal

Allí donde el email ha desplazado casi totalmente a las cartas tradicionales, las postales digitales naufragaron en su propia faena, y tan estrepitosamente que si lo miran bien, apenas existen, y la mayoría de las personas nunca en su vida ha enviado una.

Si nos ponemos a pensar, ¿por qué razón solíamos enviar postales? Bueno, pues cuando estábamos lejos de alguien querido, les enviábamos una postalita con la imagen de la ciudad donde estábamos y una escueta esquela del otro lado diciéndole lo mucho que le extrañábamos y tal y tal, un abrazo, salud y espero verte pronto. Sin embargo, hoy las fotos de todas las ciudades del mundo, los cuchucientos poemas de Machado más uno, todas las frasecitas ingeniosas de los escritores baratos y hasta las canciones y videos musicales los encuentras en internet en unos pocos milisegundos; y para hacerle llegar tus fotos a alguien que vive en otro continente no tienes ni que esperar a llegar a tu casa. De modo que la función primaria del objeto “postal digital” se diseminó rápidamente en decenas de otros medios que la volvieron innecesaria, y por lo tanto nula, spam.

Pero hay otra razón, quizás más sutil. Yo soy de los que mandó postales digitales por yahoo por allá por el 2002 (sí, y también me cogía la madrugada en latinchat y tenía correo de latinmail, lol) y siempre me quedaba esa sensación extraña de... a esta cosa insípida le falta alguito. Le faltaban dos cosas: complicidad y esfuerzo.

Porque, primero, los servicios de postales digitales nos obligaban a enviar ridículos perritos, lagos azules y ramos de rosas idénticos a los que nos llegaban en forward de power points que debías reenvíar a diez personas si no querías morir tres días después como aquél príncipe árabe que cayó en la ruina, etc. Y segundo, es que por internet era muy fácil encontrar esas imágenes, copy&paste esas frases; mandar esa postal era algo demasiado sencillo como para tener valor. Porque el acto de enviar una postal a un amigo o familiar siempre ha sido un movimiento de generosidad que no solo nos indicaba que alguien piensa en nostros, sino que además sabías que esa persona tuvo que ir hasta el correo, comprar la postal, idear algo original que escribirle, pedirle un lapicero prestado a la señora desconocida que estaba en fila en la ventanilla de al lado, pagar el envío, toda una serie de pasos que al simplificarse en su versión digital le restaron todo el valor al objeto mismo, convirtiéndolo en algo tan ordinario como un vulgar ppt que borramos ya por instinto.

Y a riesgo de lucir como un romántico desfasado que sueña con pergaminos, les digo que aun hoy no hay nada comparable a una postal física. Y conste que entre el pdf y el papel, no lo pienso dos veces cuando me acuerdo de lo que he pagado de sobrepeso en los aeropuertos, pero me siguen emocionando las oficinas de correo. Para entender por qué tal vez haya que ver la película de Juan Carlos Cremata todas las veces que la he visto yo, o haber tenido a tus padres fuera del país en misión médica, o esos buenos amigos en Manzanillo, Trinidad y Pinar del Río, o llegar a las 7 de la noche de estar todo el día en la oficina, o dejando los ojos en el laboratorio, y encontrarte con que han deslizado bajo tu puerta un papel con tu nombre y adentro un cartoncito rectangular que ha cruzado el oceáno, con una imagen divina del cerro Plata en Mendoza, Argentina, y el puño y letra de tu amiga Sol diciéndote: “caterva de aventureros sin fatiga, su heroísmo en marcha no procura nada más que vencer a la muerte en la cercana dimisión de la vida”.

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